VICIOS MALOS, VICIOS CAROS

Estamos aún en los inicios del nuevo año, el momento de los buenos propósitos, esos que nos generan expectativas y también una excesiva y poco pensada presión. En el caso de nuestro trabajo, el de los gestores de territorio* aunque está mucho más condicionado por cuatrienios de gobierno municipal, con unas directrices políticas determinadas a medio plazo, la presión del nuevo año (o de la legislatura) y aquello del ‘algo habrá que cambiar’, también está presente.

A los equipos técnicos se nos exige tener la capacidad de transformar en programas y servicios culturales las necesidades ciudadanas y las directrices políticas de ese mandato, por lo que en teoría, es obvio que como profesionales de lo cultural, tengamos un plan de trabajo marcado por una determinada metodología que interpreta todos esos inputs y gestionar la cultura que nos compete. ¿Pero eso realmente es así? Por mi experiencia y por la de otros equipos que conozco de otras ciudades y organismos, muchas veces lo obvio no es evidente: la prisa de lo cotidiano, el trabajar a salto de mata y los constantes cambios – ¡porque la gestión cultural en el territorio es apasionante, pero muy dura, y compleja! – engullen el establecer un método de trabajo que nos permita responder a todo con inmediatez y con perspectiva, es decir, con estrategia. Y es ahí, en esos vacíos de planificación, que vamos tirando aplicando viejas dinámicas y hábitos repetitivos en nuestra manera de trabajar y en nuestra respuesta.

De lo malo a lo que sale caro

He tratado de ponerle cara a esas deformaciones, observando y siendo crítica, e intentar con estas reflexiones en voz alta poder ayudar a mejorar maneras de trabajar y en consecuencia a ‘reorientar’ la gestión diaria y optimizar los programas que tenemos entre manos:

– La inmediatez

Acabamos un proyecto y nuestra mente ya está preparando la programación de la siguiente temporada de conciertos, el festival de verano o la propuesta educativa de la nueva exposición. Es un no parar y mientras ya ha pasado otro año! Inercias que nos llevan a trabajar con prisas, con ansiedad y de cualquier manera (nota: cabe decir que muchas veces no hay espacio para especializaciones y el técnico ha de trabajar en todos los ámbitos del abanico cultural). Bien es cierto que aunque la presión de arriba (y la de abajo) nos obliga a tirar y funcionar, es bueno frenar. Parar para reflexionar, parar y valorar qué ha funcionado y qué no. Pero, inexplicablemente, algo tan de cajón y lógico, es prácticamente imposible de llevar a cabo, pocas veces se nos es permitido ese momento de reflexión, la presión y el calendario es inmenso.

Sería interesante (y necesario) que al menos una vez al año, el equipo se impusiera como tarea obligatoria realizar ese ejercicio de introspección, parones que con toda probabilidad ayudarían a reorientar programas, recursos, tiempo y organización interna (hace algunos días escribí algo sobre ello -a modo de semipoema- en la web de unos compañeros mallorquines que trabajan en patrimonio).

– La inercia.

Palos de ciego y oídos sordos, es el resultado muchas veces de esa inmediatez, pero también de ir a lo fácil y a lo que en apariencia funciona.

Sería imprescindible no claudicar en lo fácil, en lo de siempre. Aparte de conocer bien nuestro territorio, es fundamental tener una visión panorámica del sector cultural, un retrato de lo que funciona, de las novedades y de los resultados y abrirse a lo innovador. Disponer de una visión amplia del mercado cultural mejora programas, la viabilidad del proyecto y hasta nos ayuda a aumentar nuestra motivación. Porque, ¿qué es un gestor cultural sino un catalizador de motivaciones y un animador de comunidades ciudadanas?

– La rigidez.

Dejarse llevar por reglas, normativas y aplicaciones sin tener en cuenta posibles indicadores relacionados con nuevas realidades, realidades que a veces todavía no están detectadas, tampoco reguladas, que se encuentran en un limbo y que necesitan de una actuación inmediata, sin demora. A veces es necesaria esa flexibilidad, aunque se peque de contradicciones en la eficiencia, lo nuevo es riesgo, pero también sorpresa y mejora.

– La inconsciencia.

Me atrevería a comentar que en nuestro ámbito quizás los especialistas en cultura popular son los más experimentados en aplicar y tratar con metodologías participativas, con grupos organizados de entidades ciudadanas. Ahora lo somos todos, es el boom de la gestión ciudadana en las políticas culturales municipales actuales, y la participación un método muy complejo con el que se tiene que lidiar, una oportunidad de aprendizaje bilateral. Y ojo, sería imteresante recordar las distintas caras del actual fenómeno participativo, y una es que como se plantea en el excelente artículo de Rubén Martínez, ‘las comunidades no son la solución, sino la expresión del conflicto urbano’.

De ahí que en ese tipo de programas donde la participación es el eje principal, sería importante que los equipos aplicáramos prudencia y sobre todo demandáramos aprendizaje en mediación cultural y dinámicas participativas, que nos faltan.

– No medir resultados.

Los indicadores, por dios! Es fundamental valorar los programas, medir las acciones, acordarse de los indicadores! (en un post anterior hablé sobre ello).
Si no dedicamos un rato a valorar lo que hacemos, nunca sabremos si funciona, si se adecúa a los criterios exigidos y en definitiva, a repetirlo… ¡Y no os dejéis seducir por la inercia!
(os aconsejo una excelente recomendación de Interacció, un trabajo colaborativo entre profesionales para encontrar indicadores cualitativos consensuados en el Arts Council del Reino Unido Can you mesure great art?).

– La desconexión.

Es cierto, hay poco tiempo, muchos actores y ganas de desconectar cuando se termina. Pero este trabajo requiere un sobreesfuerzo, debemos, como recordaba antes, conectar con otras realidades culturales. Es cierto que muchos técnicos culturales de territorio trabajamos en ciudades invisibles, y que muchas de las propuestas de formación ofertadas por muchos organismos, nada tienen que ver con nuestra realidad, tan distinta y mucho más periférica, son prototipos formativos influenciados por la gran urbs, con ejemplos de excelencia que se basan en modelos para nada parecidos a los nuestros, y cuya realidad se identifica con esa crisis económica que ha hecho mucho daño a barrios y localidades metropolitanas donde la inversión pública fue clave, pero sin una cohesión social sólida (tejido asociativo o vecinal), por tanto trabajar es todavía más difícil. (aconsejo el libro “Les ciutats invisibles de la Catalunya metropolitana”, de Marc Andreu, gran lectura).

Y para terminar algo de bueno

Y no todo son vicios en nuestro trabajo, por supuesto. Qué bueno es estar en contacto con la gente, aunque nos la crucemos todos los días por la calle. Es un privilegio saber tocar distintas notas, un dia trabajar en una cosa y otro día en otra bien distinta, manejar presupuestos de risa para grandes cosas, y que al final no sabes cómo acaben saliendo, aunque nos tengamos que poner el traje de bombero y nos quememos. Sabemos todos que nos toca manejarnos con estructuras administrativas rígidas, muy compartimentadas y excesivamente verticales. Pero los tiempos cambian y lo local ha dejado paso a lo glocal, la globalización  también nos afecta en cultura, así que toca actualizarse, hacer reset o ponernos en modo forward.

Y todo por ese elemento transformador, sensible y creativo que enriquece horizontes. Todo sea por esa energía transformadora, todo sea por la cultura pública… Vicios malos, vicios caros. Pongámosle remedio.

*(un nomenclator éste fascinante, e irónico, somos territorio en comparación a la gran ciudad, las curiosamente llamadas periferias, un fenómeno geográfico etnocéntrico e interesante de analizar en otra ocasión)

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  1. Juan Pedro Caballero Salas

    Muchas gracias Carmen.
    Totalmente de acuerdo.

    Manuel, con la oferta cultural local pasa lo mismo que con el mundo del patrimonio, todo queda relegado al decorativo recreativo como bien dices.
    Saludos.

  2. carmemix

    Manel, gràcies!
    Hay falta de planificación, muchas veces porque no hay políticas claras y otras porque la cultura siempre ha sido un decorativo recreativo como dices, pocas veces se ha contado con ella como elemento estratégico; también en la cultura municipal se tocan tantos palos que a veces es muy difícil lidiar con ellos, pero se puede, y tanto que se puede! 😉

  3. Me ha encantado el post Carme aunque me ha dado un subidón de estrés al ver el frenesí en que vivís los gestores culturales. De la lectura me surge una duda. Los vicios de los que hablas los veo todos ellos absolutamente relacionados y derivados de una causa común: la falta de planificación. Mi pregunta es si esa falta de planificación se debe achacar a la proverbial “anarquía” de las gentes de la cultura o, en realidad, obedece a una causa mayor.

    Por lo que nos cuentas me da la impresión que con la oferta cultural local pasa lo mismo que con el mundo del patrimonio, que su papel en el ámbito de la política queda relegado al decorativo recreativo, de ahí el poco interés por medir resultados supongo.

    En fin, ánimos y como bien dices ¡¡todo sea por la cultura pública!!

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